miércoles, 25 de enero de 2017

Uno de Palencia buscando follón en Filipinas - Los Combates de Cagayán

Una vez más, este humilde cuentacuentos pretende alardear la épica de sus ancestros. Ancentros, tal vez poco emparentados con uno, tal vez no, si bien, abrazados todos bajo el mismo palio, que no es otro que el velo de las Españas. De nuevo hay que colegir el coraje y la gallardía, hoy tildadas de subversivas, de unos conquistadores que dejaron atrás los polvos de su tierra, para afrontar los lodos de la navegación de guerra. No quedaba un ápice peninsular para los méritos de sus valientes tras rendir el reino Nazarí de Granada. A sus espaldas dejaban un sinnúmero de abolengos ibéricos, que blasonaban cada rincón de la Reconquista, apropiándose de los castillos, de las ciudades, de los huertos, los cerros y las bahías. La España que dejaban atrás estaba jalonada de nobles fieles a una corona definitivamente despótica, aunque artífice de sus mayores glorias. Sea como fuere, no había hueco para prosperar.

Cerca de una centuria después del viaje de Colón, el imperio se extendía, allende los mares, navegando, recio y firme, sobre las procelosas aguas del Siglo de Oro, a toda vela. Las migajas que pendían de los mojones castellano-aragoneses no eran nada comparado con las viandas que se trinchaban del Caribe al Pacífico. Y allí es donde llegaron, de la mano del intrépido Magallanes, hasta el Mar de la China, acaparando el archipiélago de las Filipinas. Situado del gobernador de turno, un tal Gonzalo de Ronquillo, rondando el 1580, recibía noticia de la crueldad, violencia y frecuencia notables con que una amalgama de piratas chino-japoneses, asolaban el borde norte de la Isla de Luzón, la más grande del archipiélago en sí. Los así denominados como “wakos” eran lo más parecido a una suerte de almugáraves de agua con sal y juncos. Una pandilla de salvajes acostumbrados a vivir en el ripio de sus sampanes, un estilo vikingo de ojos rasgados y katanas, que a menudo encimaban las islas para desproveerlas de ganados, cosechas y/o habitantes, codiciados como esclavos.

Puesto el gobernador manos a la obra, envió a su flor y nata a enviudar algunas damas orientales. Dispuso una cincuentena de entre los escasos quinientos peninsulares con que se regía en aquellos años el archipiélago entero. Arracimando un grupo infantes de marina de los Tercios de las Armada española (cosa fina), embarcaron en busca de los pesados tábanos de con denuedo mordisqueaban los confines del imperio. Al frente, el Blas de Lezo de turno, otro bravo capitán al que la historia juzgará caprichosamente, sus compatriotas, malamente: el capitán Juan Pablo Carrión.


Cuadro en el Museo de Bellas Artes de Bilbao del marino español Juan Pablo Carrión. (Wikipedia)


Me río yo de la devoción de algunos por las katanas japonesas cuando entraron a restañar con el acero toledano y su estilo de esgrima. Bastaba la calidad de la aleación española para dejar la factura japonesa en hierro de colada. Unos cuantos tiros de artillería y el filo de las espadas bastaron para ocasionar la escabechina sobre un primer grupo que recién degollaba una aldea entera cercana a la desembocadura del río Cagayán.

Salvado del primer encuentro con escasos rasguños, se internaron en el río para pillar, in fraganti, a un numeroso grupo de sampanes masacrando de lo lindo a poblaciones locales. Ahora sacaron arcabuces y culebrinas, más livianas, para un combate más trabado. Más de un centenar de piratas asiáticos, calificables como samuráis, habrían palmado para entonces. Desembarcaron los españoles en la playa de Birakaya y allí aguardaron a puerta gayola. Los ‘ronin’ de junco y sal reaccionaron con rabia y destajo, envolviendo como un enjambre en sucesivas oleadas a los acantonados alabarderos capitaneados por nuestro buen capitán Carrión. Fueron varias horas de intenso combate, sobre un reducto de arena y agua, retaguardia a la densa selva, y en frente el avispero nipón.


Viñeta del cómic <<Espadas del fin del mundo>> (guionista Ángel Miranda y el dibujante Juan Aguilera)


Tras la contienda, los aguijoneados los despojos piratas tomaron la sabia decisión de abandonar, arredrados por los ‘peces lagartos’, como luego calificarían a los españoles, que habían puesto en tela de juicio el mito del samurái. Parece ser que no se volvió a saber de ellos por Luzón, a raíz de la escaramuza, o más bien, batalla por capítulos que se libró en el río Cagayán.

A pesar de lo que se empeñe en vendernos ciertas producciones cinematográficas, probablemente fue uno de los escasos enfrentamientos en que se cruzaran guerreros de occidente y samuráis como tales.

Mientras, otro gran héroe, propio de un tiempo de bizarros y desvaríos simpar, habrá de seguir navegando en el anonimato de una memoria que se rige por la linde de fronteras de celofán, pintadas en los libros de geografía de una ESO que ha renunciado a la verdad de los hechos.


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